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NÚMERO 26
ARQUITECTURA
Experiencia de un estudiante de la U.B.A
CONOCIENDO A TUS DIRECTORES
“No tengan miedo a equivocarse” - Entrevista a Fernando Ruiz, director del Colegio Labardén
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CONOCIENDO A TUS DIRECTORES
“NO TENGAN MIEDO A EQUIVOCARSE” - ENTREVISTA A FERNANDO RUIZ, DIRECTOR DEL COLEGIO LABARDéN



Seguimos conociendo a tus directores. En este segundo número, hablamos con Fernando Ruiz, director general del Colegio Labardén. Aunque muchos pueden pensar que estuvo desde siempre involucrado en la educación, su camino atravesó varias etapas. Empezó Derecho, pero dejó para estudiar Historia, eligiendo lo humano por sobre lo económico sin miedo a equivocarse.

¿A qué colegio fuiste?
Estudié en una escuela de Martínez que ya no existe. Se llamaba Colegio Acassuso. Ahora, es el Colegio Fátima. Quedaba cerca de mi casa y era un colegio de barrio. Tengo el mejor de los recuerdos, sobre todo, por la calidad de sus maestros y profesores. Era bastante heterogéneo, con personas de diferentes niveles sociales. Gran parte de mi formación es de esa época, y mucho le debo a ese colegio. Lo recuerdo con mucho cariño.

En el último año de colegio, ¿cómo fue el momento de la elección de tu carrera?
Tenía muy claro que no iba a estudiar ninguna carrera de ciencias exactas porque no era lo mío. Me gustaban las humanidades y las ciencias sociales. En esa época, no había tantas opciones como ahora, y era común que quien no estaba muy seguro de qué estudiar, se metiera en Abogacía. Y entonces empecé a estudiar Derecho en la Universidad Católica no bien terminé el colegio. A la vez, comencé a trabajar por el centro en un banco, y así mi vida cambió de repente. Después de tres años, decidí cambiar de carrera.

¿Por qué?
En el año 73, hice el servicio militar, y fue un tiempo bastante complicado para el país. Cuatro presidentes, mucha conmoción social y política… Ahí me di cuenta de que me interesaba mucho conocer las causas de nuestras dificultades como país y, además, tratar de entender cómo funcionaba el pensamiento humano a través de la historia. Por eso decidí dejar Derecho, que ya no me entusiasmaba demasiado.

¿Te acordás de cómo te sentías cuando estabas en tu último año de colegio y estabas por decidir qué ibas a estudiar?
Uno puede programar la vida, pero después puede terminar de otra manera, lo cual no significa que te salga mal. Si miro para atrás, me doy cuenta de que todo lo que hice es parte de lo que hoy en día soy.
Cuando estaba terminando el colegio, quería empezar ya la facultad. Me divertía mucho la vida universitaria y la libertad que iba a darme. Tenía muchísimas expectativas sobre lo que sería mi vida. Quería estudiar Derecho, después diplomacia, dedicarme a la política, tenía ideales muy altos. Pero después noté que la verdad pasaba por encontrar una vocación y seguirla; atender más al servicio y a la ayuda de otros que a la propia realización personal.
Terminé dejando abogacía y estudiando Historia, sabiendo que iba a ser totalmente distinto, porque las perspectivas económicas y profesionales serían diferentes.
Fui creciendo y me fui dando cuenta de que la realización personal era mucho más importante que la económica.

Empleaste la palabra “ideales”. ¿Sentís que los jóvenes son idealistas?
Sí, pero en una forma muy distinta a lo que éramos en nuestra generación. Nosotros éramos idealistas en lo político, y en un cambio de paradigmas políticos y sociales de la época. Hoy en día, los jóvenes han dejado de lado los ideales políticos, pero tienen otros. Eso es algo propio de la juventud. Ellos tienen un compromiso desde las ONG, los grupos misioneros, con perspectivas de cambio, que es distinto al nuestro, pero que es sumamente valioso, aunque no veo así a toda la juventud. Hay muchos chicos con ideales muy fuertes y otros con ideales muy caídos, a los que les cuesta crecer; la adolescencia se prolonga, y sienten temores que antes no teníamos.

¿Qué es para vos la vocación?
Es una inclinación del alma y del intelecto hacia un aspecto de la realidad en el que hay que poner mucho esfuerzo y trabajo. No se trata de que todo se solucione porque exista un llamado. Es como dicen los escritores: “Escribir es un 90% de sudor y un 10% de inspiración”. En lo vocacional, la inclinación se diferencia mucho de la profesión. Es un llamado a hacer algo por uno mismo y por la sociedad, que se puede concretar luego en una profesión, que siempre debe estar iluminada por una vocación.
Mi vocación es la historia. Después, se fue completando con la docencia. Con vistas a entender la vocación, hay que entender el pasado del hombre desde todas sus vertientes, para poder hacer un mundo mejor. La historia brinda una perspectiva del mundo, del pensamiento, y de las expresiones artísticas, sociales y filosóficas del hombre que es muy amplia y muy rica. Por eso, digo que mi vocación es la historia.

¿Sos feliz haciendo los que hacés?
Soy feliz habiendo elegido este camino en la vida, que primero pasa por trabajar dedicado a la educación, tratando de transmitir lo que uno aprendió y vivió, pero hay muchas cosas que no te dan satisfacciones. Aspectos burocráticos, administrativos, que hay que hacerlos. Lo que sí me da mucha felicidad es el contacto más personal, tanto con los docentes como con los alumnos. Tengo la posibilidad de generar vínculos personales que, en una oficina o una empresa, no existen. Se trabaja con seres humanos, y eso me encanta.

¿Cómo ves la educación hoy por hoy?
A lo largo de la historia, la educación siempre ha estado en crisis. En la Argentina, el problema actual es que se está produciendo un sismo, una división muy grande entre la educación privada y la pública. Mucha gente realiza esfuerzos muy grandes para pasar de las escuelas del Estado a las privadas, con el objetivo de evitar las huelgas y los paros. Eso es muy malo, porque la educación pública debe fortalecerse y no empobrecerse.
También, los cambios que se han hecho no han favorecido la educación. El Polimodal no respondió a las expectativas que se tenían sobre él.

¿Que cambiarías?
Un problema muy serio que poseen las instituciones privadas es la falta de autonomía para definir contenidos, programas, materias. Cada vez están más limitadas. Una buena dosis de libertad les vendría muy bien.
Por otro lado, la capacitación docente, la individualización y personificación de los alumnos, la atención de lo que significan las emociones, las dificultades de aprendizaje también son metas por lograr. Se sigue enseñando muy parecido para todos, y no se atiende a cada estudiante por separado, con sus problemas personales. Hay mucho por hacer.

¿Cuáles son las funciones del secundario?
Básicamente, cumple una función académica. Debe ofrecer una formación de fundamentos, que te permita luego acceder al mundo universitario o laboral. Es una etapa en la que los alumnos socializan entre ellos y crean amistades para toda la vida. Son años de formación en la interioridad y en la espiritualidad.

¿Y se cumplen?
Por un lado, sí. Los alumnos acceden bastante bien a la vida universitaria, en el primer y segundo año, porque llevan la inercia de lo que aprendieron en el colegio, y las universidades los contienen bastante. Pero luego, cuando viene el aprendizaje de cosas nuevas y una mayor exigencia, ahí es cuando los chicos empiezan a hacer agua. El secundario ha incorporado contenidos que adelantan los universitarios, pero no se ha ocupado lo suficiente de los contenidos estrictamente de fundamentos. Lo que es la comprensión de textos, una buena matemática, conocer las bases de la filosofía, del pensamiento, el arte, la cultura general, que son importantes.

Entonces, ¿los chicos salen preparados para la facultad?
Sí, en los colegios privados de clase media y alta. Pero hay un grandísimo problema en las clases bajas. Por un lado, hay una gran deserción, hay un montón de alumnos fuera del sistema escolar. Y muchos de los que terminan de cursar nunca dan las materias que les quedan, y así no tienen un título de secundario.
Este esquema forma parte de la gran división social, que es nefasta y que no da oportunidades para todos.
También depende mucho de cómo cada uno haya aprovechado el secundario. Hay alumnos que pasan los seis años siempre al límite, y después se dan cuenta de que si lo hubiesen aprovechado, estarían mucho más preparados para entrar y vivir la universidad. Pasa con un montón de jóvenes que se cambian de carrera, que no tienen resistencia al fracaso y que hasta abandonan sus estudios. El secundario tiene que ayudarlos a fortalecer su personalidad, a desarrollar el esfuerzo y a que puedan estudiar más.

¿Cómo ves a los jóvenes de hoy?
Están divididos en dos grupos. Algunos están muy desorientados. Se pasan el último año de colegio preocupados por el buzo, la fiesta, el boliche y el viaje, y así se les escurre el año entre las manos. Los veo rodeados de estímulos negativos. Actualmente, el tema del alcohol, de la noche y del acceso a las drogas está muy presente, y viven en un mundo en el que es muy difícil mantenerse alejados de eso.
Por otro lado, me entusiasma observarlos enganchados con los grupos de confirmación, de misión, con las ONG cuando terminan el colegio.
Hay una contrapartida entre un grupo que está muy desorientado y otro que sigue teniendo los ideales que toda la vida ha tenido la juventud.
No soy de los que creen que la juventud está perdida. Muchos chicos viven muy bien y construyen su vida a pesar de esos estímulos externos y de condiciones familiares que no son las mejores para desarrollarse.
Lo que sí me preocupa es la falta de constancia. Cambian de carrera constantemente. La dificultad para aceptar los fracasos, el miedo a crecer, al mismo tiempo que se insertan en un mundo con mucha exigencia laboral y académica que a muchos los acobarda.

¿Pensás que los jóvenes siguen la corriente o hacen lo que a ellos les parece?
En el orden de los estudios, tienen mucha más libertad que antes. Ahora, un chico es capaz de tomar la decisión de qué estudiar. Ir al conservatorio, estudiar bellas artes, seguir carreras no tradicionales. Nuestra generación ha ampliado su capacidad de aceptación de que los hijos estudien carreras que antes no eran las típicas.
A nivel social, en lo relacionado con los horarios o con la ropa, es típico que los adolescentes sigan a la masa. Tienen una necesidad de aceptación social. Eso sigue pesando tanto en el estilo de vida como en las vacaciones, los horarios de salida, etc. En eso están muy sometidos a lo que la sociedad les exige.

¿Cuánta verdad hay en la frase hecha “Los jóvenes son el futuro”?
Estoy de acuerdo, pero hay que tener cuidado con lo que les cargamos en la mochila. Lo que no me gusta de esta frase es que, a veces, los de nuestra generación les endilgamos a los jóvenes la responsabilidad de hacer un futuro mejor, cuando en realidad somos nosotros los encargados de mejorar las condiciones para nuestros hijos. No puede ser que deleguemos en los más jóvenes lo que no supimos hacer, para que ellos se las arreglen y hagan las cosas que quedaron mal hechas. El futuro lo construimos nosotros, los grandes, desde ahora, y los jóvenes en el futuro harán lo que a ellos les toque.

¿Que consejos les darías a los jóvenes que están en su último año de colegio?
Que pueden mezclar pasarla bien con el estudio, porque no son cosas incompatibles. Últimamente, se piensa que el último año es para divertirse y nada más, y hasta piensan en un año sabático cuando terminan. Por la responsabilidad personal, por respeto al esfuerzo que hacen los padres para educarlos, por lo que viene después, por la preparación necesaria para su vida universitaria, creo que los jóvenes deben aprovechar lo que les dan en el secundario.
Les aconsejaría vivir el último año con ganas y que se interesen en lo que se les brinda, para salir más seguros, más preparados y más decididos vocacionalmente. Y que se acerquen a los profesores y directores, que los pueden ayudar en su orientación vocacional. Nosotros estamos acá, que nos busquen.

¿Y frente a los miedos en el momento de elegir la carrera?
No tengan miedo a equivocarse. En mi caso, dejé Derecho y estudié Historia, una carrera que aproveché en mayor medida porque llegué con madurez.
Elijan lo que sientan, en lo más profundo de ustedes, que es su vocación. Porque si responden a ella, van a ser más felices, más coherentes en su vida y van a sentirse ampliamente realizados. Forzar la elección por razones familiares o económicas, a la larga, se paga.
Y no renuncien tan fácilmente ante el primer fracaso. Hay una frase que siempre me gusto. Dice: “Cada ser humano es un gesto que se dibuja y se desdibuja, y lo que vale en cada uno es su fidelidad a una vocación inalienable, que no se negocia, que no se vende”. La vocación es un gran tesoro. Sean fieles a ella a pesar de las dificultades que la vida les traiga.



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